Setenta Treinta
AtrásSetenta Treinta fue un bar ubicado en Villa Ballester que hoy se encuentra cerrado permanentemente, pero que en su momento de actividad dejó una huella de opiniones profundamente divididas. Para quienes buscan entender la escena de bares y cervecerías de la zona, analizar lo que fue este local ofrece una perspectiva valiosa sobre lo que los clientes valoran y lo que no están dispuestos a tolerar. Su historia es un caso de estudio sobre la importancia de la consistencia y el mantenimiento en la competitiva vida nocturna.
El principal atractivo de Setenta Treinta parecía ser su propuesta como espacio para la música en vivo. Era conocido por dar lugar a bandas, convirtiéndose en un punto de encuentro para los músicos y sus seguidores. Esta faceta le otorgaba una identidad cultural interesante, diferenciándolo de otras propuestas más genéricas. Sin embargo, esta fortaleza se veía a menudo saboteada por una gestión musical inconsistente. Mientras algunos clientes recordaban noches con una banda sonora excelente, descrita como "la mejor música de la zona", otros vivieron experiencias desconcertantes, como presenciar un show de música rusa interrumpido bruscamente por reggaetón, lo que provocó que el público abandonara el lugar. Esta dualidad sugiere una falta de curaduría y de comprensión sobre el ambiente que se deseaba crear, un factor crucial para cualquier bar que apuesta por la música como pilar de su oferta.
La oferta de bebidas y comida: un balance desigual
En cuanto a la bebida, el bar presentaba un panorama con claroscuros. La cerveza era generalmente bien recibida y a precios competitivos, un punto a favor para quienes buscaban simplemente salir a tomar algo con amigos. De hecho, existían promociones como la de pizza con cerveza, que resultaban atractivas. No obstante, la calidad no era uniforme en toda la carta. Algunos clientes reportaron haber recibido tragos, como un Gancia, notablemente aguados. El Fernet, un clásico indiscutido, era criticado por su elevado precio en relación con la cantidad servida, una queja que resonaba entre quienes esperaban un valor justo por su dinero.
La comida seguía un patrón similar. La pizza destacaba como una opción fiable y de buen tamaño, pero el resto de la carta para picar o cenar era criticada por ofrecer porciones pequeñas en relación con su costo. Este desbalance generaba la percepción de que, fuera de ciertas ofertas específicas, la relación precio-calidad no era el fuerte del establecimiento.
Ambiente y estado del local: los puntos críticos
El ambiente de Setenta Treinta era otro aspecto que generaba opiniones encontradas y que, probablemente, fue uno de los factores determinantes en su devenir. Por un lado, era descrito como un "bar tranqui", un lugar excelente para una cena relajada o una charla entre amigos. Sin embargo, esta atmósfera se transformaba radicalmente los sábados por la noche, cuando el local intentaba convertirse en una especie de discoteca o "boliche". Esta transición no era del agrado de todos, y algunos clientes la describían de forma despectiva, criticando tanto la música como el ambiente general.
A esta inconsistencia se sumaban problemas estructurales mucho más graves. Las críticas sobre el estado del local eran contundentes. Términos como "se cae a pedazos" aparecían en las reseñas, señalando un claro descuido en el mantenimiento. El estado de los baños era un punto de queja recurrente y muy gráfico: eran descritos como "inacabados" y comparados con instalaciones rurales, una imagen muy negativa para un comercio de este tipo. A esto se añadía una política que hoy resulta inaceptable para muchos: se permitía fumar en el interior, lo que generaba un ambiente cargado de humo que resultaba insoportable para una parte de la clientela.
El polémico cobro de entrada
Un punto de fricción constante era la decisión de cobrar entrada a partir de cierto horario, especialmente los fines de semana. Mientras que un cliente defendió esta práctica aclarando que el monto era canjeable por una consumición en la barra, la percepción general era mayoritariamente negativa. Muchos lo consideraban un cobro injustificado, especialmente teniendo en cuenta las deficiencias del lugar. Para algunos, era la razón definitiva para elegir otro destino para su noche.
En retrospectiva, Setenta Treinta fue un bar con un potencial evidente, especialmente por su apuesta por la música en vivo. Sin embargo, su trayectoria estuvo marcada por una serie de fallos críticos: la falta de mantenimiento de sus instalaciones, una inconsistencia alarmante en la propuesta musical y ambiental, y una política de precios y cobros que alienó a una parte significativa de sus potenciales clientes. Su cierre definitivo sirve como recordatorio de que, en el negocio de la hostelería, una buena idea no es suficiente si no se acompaña de una ejecución cuidada, consistente y atenta a las necesidades y expectativas del público.